Abel y el Dragón





Abel corría a toda velocidad por el bosque, a sus nueve años, era lo que mejor sabía hacer. Corría porque necesitaba buscar comida. No importaba que la leyenda dijera que en mitad del bosque habitaba un dragón malvado, devorador de hombres. No se hubiera perdonado dejar a sus abuelos sin comida por miedo a encontrarse con aquella bestia.


Al acercarse a la zona de los árboles frutales, se tropezó con una rama y cayó. Como pudo se levantó, se sacudió el pantalón y, entonces, sintió una gran sombra que se abalanzaba sobre él. Abel levantó sus ojos, descubriendo un animal gigante de color rojo, de grandes alas, cola larga y algo parecido a escamas le cubría todo el cuerpo. Sin duda, era el dragón devorador de hombres.



El niño se apresuró a esconderse tras un árbol, el dragón lo siguió con la mirada. Abel se asomó por un lado y el dragón lanzó un fuerte soplido, que alcanzó a despelucar al pequeño. Abel quería devolverse, pero pensaba en que estaba tan cerca de las manzanas. No sabía qué hacer.

El dragón se movió por encima de los árboles y con la cola atrapó a Abel. El niño emitió un grito y el dragón lo soltó.


—Lo siento, no quería hacerte daño —dijo el dragón.


—¿Tú puedes hablar? —alcanzó a decir el niño entre dientes.


—Sí, desde que nací puedo hacerlo.


—¿Es cierto que comes hombres?



El dragón soltó una carcajada y se tiró al piso a reírse. Una vez pudo parar de reír, fue capaz de hablar de nuevo.


—No como hombres. Soy vegetariano. Por eso vengo a esta zona del bosque, porque es donde están los mejores árboles frutales de la región.


—Pero la gente dice que eres una bestia malvada.


—La gente dice muchas cosas, ellos no me conocen. Solo se fijan en mis dientes y en el fuego que sale de mi boca.


Abel se quedó pensando por un momento, se rascó la cabeza y miraba con desconfianza al dragón.


El animal dio la espalda al niño, se dirigió a los manzanos y volvió con sus alas llenas.


—Todas estas manzanas son para ti, para que veas que no soy malo como dicen. Así no tendrás que trepar a los árboles, puede ser peligroso.



Abel agradeció este gesto, pues siempre volvía a casa con las rodillas raspadas, heridas en las piernas o las manos.


—Gracias señor dragón.


—Sabes, las personas que me ven siempre salen corriendo atemorizadas. Entonces no tengo con quien hablar ni reír.


—Si quieres yo podría venir algunas tardes y visitarte un rato. Te puedo traer un poco del guiso que hace mi abuela y jugar pelota.


—Y yo puedo ayudarte a recolectar las frutas y podemos volar juntos.


—Por cierto, me llamo Abel.