Insecto y lombriz








Anita era una joven lombriz que vivía siete pisos bajo el césped, al frente de un galpón. Sus vecinas, las gallinas ponedoras, lo sabían y no desaprovechaban oportunidad para corretearla.


La más persistente, era Sheila, la campeona de todas las ponedoras. Era capaz de poner hasta trescientos huevos al año. Con su cresta roja y su plumaje moteado blanco con negro, deslumbraba a todos.


Cierta tarde lluviosa, Anita salió de su casa para dar un paseo en la superficie. Sintió el aire en su cara, y dio un suspiro de alivio. De repente, vio que Sheila corría en dirección suya, Anita se arrastró tan rápido como pudo, mirando cada tanto hacia atrás. Tropezó con una rama, lo que le hizo perder velocidad. Sheila aprovechó el momento para correr aún más.


Anita pensó que pronto se convertiría en la cena de Sheila. Con gran agilidad, abrió un hueco en la tierra y se metió en él. Sheila la perdió de vista.


La habilidosa lombriz pronto se encontró con las raíces de un árbol, salió a la superficie y trepó en él. La voz de un viejo saltamontes interrumpió la inspección que Anita hacía del suelo.



—Este es mi árbol, no quiero que esté aquí.


—Los árboles no son de nadie —dijo Anita y le sacó la lengua al saltamontes.


—Sheila la vendrá a buscar y yo no quiero ser cena de esa gallina.


—Relájate viejo amigo, si tú no dices nada, seguro que Sheila no nos descubrirá aquí arriba.


—Mi nombre es Eugenio y no soy su amigo.


—Encantada, Eugenio. No hagas más alboroto, el árbol es muy grande, podemos estar los dos en diferentes ramas.


—¡Le exijo que se baje de mi árbol ya!


—Pues, tendrá usted que sacarme, porque no pienso bajar.



El saltamontes de un brinco llegó al lado de Anita y puso sus patas sobre ella. La lombriz luchó con todas sus fuerzas. El saltamontes la cogió por el cuello e intentaba tirarla de la rama en la que se encontraban. Anita le lanzó un puño al saltarín come hojas, Eugenio intento esquivarlo pero no lo logró. El saltamontes quedó atontado. Anita se dio media vuelta, Eugenio se levantó y se abalanzó sobre ella con tal fuerza que los dos cayeron al piso.


Sin notarlo, Sheila apareció encima de ellos y se los tragó. Todo fue oscuridad.


—Se lo dije, por su culpa lombriz miserable, Sheila nos comió.


—Fue su culpa, por hacernos caer al piso, viejo tonto.


—Todavía estamos en la boca, no hemos llegado al estómago, aún podemos s