Kenya en la Ciudad Perdida





En algún lugar de la sabana africana vivían tres hermanos elefantes, la mayor se llamaba Kenya, el segundo era el inquieto Blue y la más pequeña era conocida por todos como Sammy. Eran muy unidos, jugaban juntos todo el tiempo, se querían mucho, pero no podían faltar las peleas.



Una tarde soleada, Kenya se había quedado dormida a la sombra de un gran árbol, al despertar encontró a Sammy jugando con Blue muy animados. Se entretenían con unos pequeños muñecos, simulando que eran estudiantes en una escuela, tenían un profesor que les daba la clase de matemáticas y luego el mismo muñeco hacía de papá de algún alumno. Habían creado el aula de clases con partes de una casa de muñecas de Kenya y cuando esta las vio, quiso jugar con ellos.


Blue dijo que lo sentía, pero el juego ya iba muy avanzado y no podían tener un integrante más. Sammy estuvo de acuerdo con su hermano y añadió que en cuanto volvieran a empezar llamarían a Kenya para que entrara al juego.









Kenya se enojó mucho y cogió las partes que pertenecían a su casita, desbaratando por completo la escuela construida por los otros pequeños, quienes ante semejante agravio se pusieron a llorar desconsoladamente.


—Eres mala —dijo Blue señalando a Kenya con su trompa.


—Ustedes también, ¿por qué no me dejaron jugar? —respondió Kenya.


—Vámonos Blue, no juguemos con Kenya —dijo Sammy entre sollozos.


—Pues soy yo la que me voy, no los quiero volver a ver —gritó Kenya.


La hermana mayor corrió tanto como pudo por la sabana sin tener un rumbo definido, solo quería alejarse de sus hermanos. Luego de mucho correr, Kenya se dio cuenta de que estaba en un lugar que no conocía, se sintió triste pues se dio cuenta que estaba perdida.



Sin embargo, el sitio donde estaba era diferente a todo lo que ella había visto, había arboles de algodón de azúcar, un río de almohadas, unos pequeños cerdos con alas se alcanzaban a ver en las ramas de los árboles, el suelo era de un color purpura y de una consistencia como plastilina. Kenya estaba maravillada y se dijo a sí misma que haberse ido de su casa era la mejor decisión que había tomado y pensó en que debería quedarse a vivir allí. Al segundo día descubrió una gran piscina de cacahuetes y pensó en lo mucho que sus hermanos disfrutarían tirarse por el trampolín y caer en esa delicia. Al tercer día observó cómo brotaba de la tierra un líquido amarillo, que resultó ser sopa de pan de mono, el fruto del baobab. Kenya no pudo evitar en esta oportunidad pensar también en sus hermanos, pues hubiera querido compartir con ellos la sopa de este árbol milenario y típico de las sabanas.



Al quinto día, Kenya ya no encontró nada nuevo y lo que en un principio le pareció maravilloso, ahora era aburrido. Entonces, decidió que era hora de perdonar a sus hermanos y volver con ellos. Empezó a caminar, pero no encontró salida alguna, era como si estuviera dando vueltas en círculo, pasó varias veces por una laguna de diamantes, donde había un pequeño mamut. En la sexta vez que pasaba se decidió a hablarle al mamut.


—Disculpe señor mamut, ¿usted sabrá cómo hago para salir de aquí y volver a la sabana? —dijo Kenya.


—El que quiere salir de ciudad perdida, su razón de ser debe encontrar y en su corazón encontrará la salida —respondió el mamut.










Kenya se quedó pensando, pero no encontraba sentido a las palabras del mamut, volvió a caminar para encontrar el camino a casa, dio otras cinco vueltas y ya desesperada volvió a acercarse al mamut, quien masticaba un diamante lentamente.


—Otra vez yo señor mamut, es que he pensado en lo que me dijo, pero no veo cómo eso me ayudará a encontrar la salida —dijo Kenya.


—Querida Kenya, busca en tu corazón que es lo que más quieres y por lo cual estás dispuesta a salir de ciudad perdida —respondió el mamut.


— Eso es fácil, lo que yo más quiero y deseo ver es mi familia, a mis padres y mis hermanos —respondió Kenya.


—Pero cuando entraste a ciudad perdida no querías ver a tus hermanos —dijo el mamut.


—Es cierto, es que había peleado con ellos, pero ahora me doy cuenta que son lo que más quiero y me hace falta verlos —respondió Kenya con una lagrima cayendo por su rostro.














El pequeño mamut hizo un gesto con su trompa y todo desapareció, Kenya se vio en la sabana y pronto pudo encontrar un camino conocido. Al anochecer llegó a su casa, donde Blue y Sammy la esperaban con los brazos abiertos, pues la habían extrañado mucho, aunque sólo se hubiera ido una tarde.












Espero hayas disfrutado de este relato y lo compartas, tal vez puedes leerlo en la noche a tus hijos antes de dormir y pregúntales si les gustó o que entendieron, seguro ellos te sorprenderán.

- Mildred Niño -


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