El síndrome de París

Actualizado: 20 ago 2020


Magdalena corría tan velozmente que sus pasos parecían de gacela, cada 10 segundos miraba hacia atrás para verificar si los hombres de gafas oscuras y chaquetas negras aún la seguían. Hacía sólo 48 horas que había llegado a París y en cuanto se bajó del avión recordó cómo desde siempre había deseado conocer la ciudad Luz. Pero no había sido desde siempre; fue desde aquella tarde en que su padre, un trotamundos cincuentón, la visitó por tercera vez (desde que tenía memoria) por motivo de su cumpleaños número quince y le contó con lujo de detalle porqué se enamoró de París y se quedó viviendo allí. En Magdalena se asentó la idea de que algo especial debía tener aquella ciudad para que su padre prefiriese estar allá y no en casa con su familia. Desde que comenzó a trabajar a los 21 años, Magdalena compró una alcancía en forma de chanchito y empezó a ahorrar con el fin de viajar a París, pero el cerdito se iba vaciando cada vez que surgía una necesidad en casa, ya que para su madre no fue fácil criar dos hijas por su propia cuenta. Pero ahora, a sus 30 años, finalmente había conseguido su anhelo y allí estaba pisando el Charles de Gaulle.