Fiebre Dominical

Actualizado: 15 ene 2021



Allí estaba él, parado frente a mí, con su estola blanca, encima la casulla o túnica, con sus brazos al cielo y detrás un crucifijo de madera que parecía acogerlo. Era la hora de inicio de la misa dominical, la mejor hora de la semana, sólo iba a la liturgia a verlo a él. A su lado los diáconos llevan el cíngulo en su cintura como símbolo de la castidad, mi cerebro me hace pensar que ellos lo usan sólo para que yo lo vea. El olor a incienso, a vela quemada penetra por cada poro de mi cuerpo, mis ojos siguen cada movimiento de él, se para frente al altar, se moja un dedo para voltear la página del misal. Nos da un hermoso sermón sobre al amor al prójimo, cada palabra salida de su boca me llena, me alienta, le da sentido a mi vida.