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Fiesta de Cumpleaños





El señorito Carlitos se acercaba a su cumpleaños número cuarenta y su madre, la señora Doris, lo iba a celebrar por todo lo alto. Invitó a media ciudad, no sabía cómo iba a hacer para que la junta del club aceptara la interminable lista de invitados. Yo, como su fiel mayordomo, le sugerí que no había necesidad de invitar a las “damas del sagrado corazón” y menos a las “chicas” del club de croché. No me hizo caso.


El señorito Carlitos, tímido desde su niñez, no deseaba una fiesta. Su máximo anhelo era conocer una buena mujer, con la cual casarse y formar una familia; léase, liberarse de las garras de su madre. Más el señorito, a pesar de sus títulos universitarios y dinero, se paralizaba ante cualquier mujer y no le salían las palabras.


La noche antes de la fiesta, la señora Doris no pudo dormir, la oía caminar en su cuarto, imagino que revisaba mentalmente los pormenores del evento. Por supuesto, yo tampoco pude dormir, estaba haciéndole control de calidad al licor que se serviría.


La señora se levantó, entró como un huracán a la cocina y me encontró degustando un whisky doce años, importado exclusivamente de Escocia para esta ocasión. Me atraganté con el trago que ya estaba en mi boca y por poco se lo escupo en la cara. La señora me fulminó con la mirada, dio dos pasos hacia mí y dijo: “Alfredo, llame a Las seguidoras de María, las del grupo de oración, y dígales que las espero mañana a las siete de la noche con los canapés.”

Doña Doris dio media vuelta y salió, yo me levanté del asiento y llevé mi mano derecha con los dedos juntos hacia mi sien, cuál saludo militar. “Sí, señora” dije en voz alta, pero ella ya había cruzado la puerta de la cocina ¡Gracias a Dios!


Sin demora, abrí un buscador en el celular y tecleé: Las seguidoras de María…


La fiesta empezó puntual y el señorito lucía un esmoquin negro al estilo James Bond. Bueno, no digamos que se veía tan atractivo, pero al menos se veía interesante. Bueno, se veía agradable. Bueno, bueno, dejémoslo en que estaba aceptable. Comía su pastel, de forma lenta y mirando al infinito. No había entablado conversación con ninguna mujer, ya que la mayoría de invitadas eran amigas de su madre. Viudas y contemporáneas a ella. No se podía quejar, al menos sí había solteras.


Como enviadas por Dios o por el diablo, de repente llegaron unas mujeres vestidas con trajes muy reveladores, coloridos y maquilladas en exceso. Rodearon al cumpleañero, danzando a su alrededor de manera concupiscente. La mujer más madurita y con un cabello al estilo Marilyn gritó: “Somos las seguidoras de María… De María Magdalena” y guiñó un ojo.





Espero que hayas disfrutado de este pequeño relato. La edad no es lo que aparenta ser, es lo que somos sin importar lo que otros piensen o sientan. Solo sé feliz y vívela.



- Mildred Niño

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