La Culpa fue de Soda



Con escoba en mano y trapito en la otra, inicié otra jornada excitante de limpieza dominical del apartamento. Por supuesto puse música, para variar, seleccioné una lista en Spotify llamada “Mi banda favorita de todos los tiempos”. Los acordes de una batería deliciosa llenaron el aire, seguidos de un teclado inigualable. Entra una guitarra majestuosa y dos segundos después un “Yo te prefiero fuera de foco, inalcanzable” se cuela por mis oídos. Es una de las canciones más populares de Soda Stereo, aunque no la mejor.


Mi hijo de 15 años sale de su habitación con el pelo enredado, la marca de la cobija en la cara, una media en el pie derecho y el otro descalzo.


—Papá será que le podés bajar a la música? Tengo como dolor de cabeza —dice Javier, mi simpático hijo adolescente.


—Ya son las once de la mañana, además lo que vos tenes se llama guayabo o resaca como dirían los más refinados.


—Whatever —réplica Javier entre dientes.


—En la nevera hay jugo de naranja.


—Gracias pa, será que al menos podes escuchar algo más moderno, no sé algo del 2010 en adelante —pide Javier.


—¿Cómo me pedís eso? Soda nunca pasara de moda, estamos hablando de la mejor banda de rock en español —le respondí muy orgulloso—. Sabes, yo los vi en vivo, aquí en Cali, quién lo hubiera creído. Marcela me dejó por su culpa.


Javier caminaba hacía su cuarto con la parsimonia de una tortuga, al oír mis palabras, se detuvo.

—¿Vos los viste en vivo? ¿Quién es Marcela? — dijo Javier.


—Vení, sentate, mientras te hago algo de desayuno y te cuento la historia de ese concierto. Es buenísima.


Era 1995, yo estaba en el último año de secundaria y habían anunciado el concierto de Soda para octubre 20, era mi sueño hecho realidad, tenía que ir como fuera. Tu abuelo me dijo que podía asistir, pero que en ese momento el palo no estaba para cucharas, es decir, que no había plata para esas cosas banales.


Mis compañeros y yo, no hablamos de otra cosa que no fuera ir a ese concierto. Pronto se supo que el papá de Marcela, era dueño de la empresa de Logística que trabajaría en ese evento. Marcela era la niña más linda y más “play” del curso, tenía un cabello dorado lleno de rizos que caían sobre su frente, los cuales dejaban entrever unos ojos verdes resguardados por unas pestañas larguísimas. Yo no era su amigo, es más creo que nunca le había hablado más allá del saludo.


Pero como la pobreza es la mamá de la creatividad, enseguida pensé que tenía que hacerme novio de Marcela para poder tener acceso al concierto. Ser su amigo no bastaría, tenía que jugarme el todo por el todo.


En pocos días empecé a hablarle, la invite a cine al teatro Calima, era lo más “chic” de la ciudad en ese entonces. No recuerdo muy bien la película, pero fue allí donde la bese por primera vez y le pedí que fuera mi novia. Para mi sorpresa me dijo que sí, quería experimentar salir con un pobre, me enteré tiempo después.


Faltando una semana para el concierto, una tarde en su casa, le pregunté directamente si podríamos pedirle a su padre dos boletas. Ella leía una revista para adolescentes, parecía no haberme escuchado.


—Vamos a hablar con él, está en el estudio justo ahora —dijo de repente Marcela.


Su papá nos escuchó atentamente y al final dijo que nos proponía trabajar como parte del staff, así nos ganaríamos la entrada y podríamos tener acceso a los camerinos. Me pareció una idea brillante, antes de que Marcela abriera la boca dije que sí.


Por fin se llegó la tan esperada noche. A las ocho en punto las luces del Estadio Pascual Guerrero se apagaron, dando paso a las luces del escenario. Salieron Gustavo, Zeta y Charlie, casi me orino de la emoción. El concierto empezó con, Cuando pase el temblor, seguido por Hombre al agua, Signos, yo ya no estaba trabajando, solo cantaba una a una las misteriosas letras de la agrupación argentina. Al tocar Persiana americana fue un éxtasis total, La ciudad de la furia nos llevó a otro nivel. Cuando tocaron Trátame suavemente, mi canción preferida de ellos, tomé de la mano a Marcela, que no conocía ni la mitad de las canciones y tenía una cara más bien aburrida. Desfilaron más canciones, dando paso a una clausura soberbia: De música ligera.


Una vez se acabó el concierto, salí directo para los camerinos, quería hacerme a un autógrafo de la banda sí o sí. Marcela dijo que tenía que ir al baño y que me alcanzaría.


Después de empujones y mostrar como diez veces el carné que me acreditaba como staff, pude acceder a la parte de atrás del escenario. Pude divisar el camerino del grupo, toqué pero nadie respondió. Dude si debía entrar o no, los pasillos estaban llenos de gente, pero nadie parecía reparar en mí. Giré el pomo de la puerta. Sorpresa, sorpresa…


Encima de Gustavo había una joven tratando de besarlo y él parecía querer quitársela de encima. Cuando me vio, puso cara de alivio, se levantó del sofá haciendo que la chica cayera al piso.


—Qué bueno que llegaste primo, quédate un momento con… ella, ya vuelvo. Voy a mear.


Me quedé paralizado sin saber qué decir, Gustavo salió en estampida, no sin antes acercarse a mi oído.


—Gracias pibe, te debo una. Esta chica está como loca.


Sonreí a la chica, la cual estaba levantándose del piso y acomodándose un poco.


—Así que vos sos primo de Gustavo —dijo la chica mirándome lascivamente.