La señora de azul



Permanecer solo en la sala de espera de un aeropuerto es lo más tedioso del mundo. Llevo más de cuarenta minutos aquí, miro de nuevo el tablero de información y dice que mi vuelo está atrasado dos horas. Observo el celular y hay un correo de mi jefe que dice: “Alfredo, en la reunión con el cliente recuerda mostrar las gráficas de las proyecciones de las ventas para los próximos meses”. Como si se me fueran a olvidar, si estuve hasta la madrugada haciéndolas.


He recorrido todo el primer piso. Allí hay alrededor de veinte mostradores de check in, entre los vuelos nacionales y los internacionales; por supuesto están atiborrados de gente. También estuve en el segundo piso, donde están los sitios de comida. Alcancé a ver hamburguesas, asados, sushi, algunas cafeterías y hasta comida vegana. Me decidí por comprar solo un café latte y me vine con él en la mano hasta la sala de espera. Me he sentado en una de estas sillas poco confortables, me pongo la chaqueta y bebo el café caliente.


Recuerdo que con mamá teníamos un juego para estas situaciones aburridas. Solíamos escoger a cualquier desconocido del lugar e intentar adivinar cómo era su vida. Hace años que no lo hago, casi no voy a ningún sitio, siempre de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Pero voy a intentarlo; empezaré con aquella señora de traje azul que está al frente mío. Es una mujer de unos treinta y cinco años, de semblante serio, seguramente una alta ejecutiva o quizás abogada. Sólo lleva aretes y un reloj, está bien maquillada, aunque no en exceso. En el asiento contiguo al suyo tiene su bolso, es negro, grande y de allí ha sacado un par de veces una agenda, la cual ojea lentamente, pasa las páginas pero no se detiene en ninguna exactamente, saca un lapicero del bolso, lo mordisquea un poco, parece que va a hacer una anotación, pero al final guarda el lapicero y la agenda. Ahora, consulta su celular, esboza una media sonrisa y lo vuelve a guardar, se pone la mano en el mentón en señal de preocupación, se toma la cara con sus dos manos, exhala profundo y se queda mirando un punto fijo al otro lado del salón.


El celular de la señora de azul ha sonado. Se levanta de su silla para contestar y empieza a caminar por el salón. Creo que es mejor que yo también me pare para estirar las piernas, camino algunos pasos y alcanzo a escuchar algo de la conversación de la señora de azul.


—Sí amor, el avión ya está por aterrizar, en cuanto lo vea hablo con él. No sé cómo lo va a tomar, pero debo enfrentarlo.


Ella se queda en silencio escuchando atentamente a su interlocutor y responde:


—Yo estoy bien, no me han dado náuseas. No te preocupes, yo sé que quisieras estar aquí conmigo, pero esto debo hacerlo sola. Nos vemos más tarde, te amo.


La charla ha resultado bastante reveladora, creo que la señora puede estar embarazada, lo más seguro es que sea del amante y esté esperando a su esposo para decírselo, además le anunciara que se quiere divorciar. Sí, eso es lo más seguro, por eso ella se ve nerviosa, es una situación difícil de enfrentar. Parece que su amante la apoya, eso es interesante, algunos hombres cuando sus amantes quedan embarazadas terminan la relación con ellas y las dejan con el “paquete”.


Mamá hubiera dicho: “esas mujeres de hoy en día no tienen vergüenza”.


Yo creo que todavía falta una hora más para que nos llamen a la sala de abordaje. Eso me da tiempo de ver a quién espera la señora de azul. Ahora, ella está sentada leyendo un periódico que había disponible en una mesita. Al cabo de diez minutos se para dirigiéndose a la puerta de llegada número dos, donde hay un letrero que dice Vuelo 3054 de BlueWings proveniente de Panamá. Parece que llegó el avión que esperaba.


Empiezan a salir pasajeros. Ella está de pie a unos cuatro metros de la puerta con la mirada fija en ese pasillo. Un hombre alto y joven se acerca a la señora de azul, la besa en los labios apasionadamente, ella no se mueve, deja los brazos pegados a su cuerpo e intenta separarse de él de forma imperceptible. El se nota algo confuso, la toma de la mano y salen juntos hacia la zona donde se recogen las maletas. Yo los sigo y me paro al lado de ellos. La banda aun no empieza a funcionar. Mientras tanto pienso en que este muchacho no debe ser el esposo de la señora de azul. Parece el típico aventurero, que gusta de probar cosas y mujeres nuevas. Por el contrario, ella no luce muy arriesgada. No obstante, la rutina puede ser un detonante para una mujer casada.


—Me alegro que hayas llegado bien —dice la señora de azul.


—A mí me alegra verte, tengo tantas cosas que contarte, este viaje ha sido una aventura.


Ella lo mira a los ojos, intenta decir algo, pero no puede. Se voltea para mirar a su alrededor, suspira, se vuelve a mirarlo a él.


—Tengo que decirte algo muy importante.


—Me lo dices ahora mientras comemos algo, me muero del hambre —responde el joven.


—No puedo esperar. Mientras estuviste de viaje tuve tiempo para pensar y…


La señora de azul baja la mirada, contiene la respiración y calla. El suspenso me está matando. Si así estoy yo, no me imagino al joven.


—¿Qué pasa? —replica él en un tono ligeramente brusco.


— Mientras estuviste en tu expedición decidí volver con mi esposo.


Un silencio glacial se ha apoderado del espacio entre ellos y más allá. Hasta casi tocarme.


—Estoy esperando un hijo de mi esposo— agrega ella sin más.


—¿Y me lo dices así? —contesta el joven, ya exaltado.


—Como entenderás no podemos continuar con nuestra relación. Lo siento, de veras.


—No puedes abandonarme ahora. Yo te amo.


—No puede ser amor, lo nuestro se dio por la soledad en que ambos nos encontrábamos. Yo creía que mi esposo no me amaba, nuestro matrimonio había caído en la monotonía. Además, la frustración de no haber podido concebir un hijo nos afectó mucho. Y tú te aferraste a mí luego de perder a tu madre y a tu pareja en ese horrible accidente.


El joven se ha quedado en silencio mirando la banda de maletas.