Las Hermanas Gutiérrez - Cañaduzal

1.er Trilogía de Relatos

Por Mildred Niño





PARTE 3

Cañaduzal



Con la nueva situación de mamá, nuestras vidas cambiaron para siempre. Elsa y yo, nos turnábamos para cuidar a mamá. Elsa ya se había graduado de bachillerato, así que en el día cuidaba a mi mamá y en la noche se dedicaba a estudiar contaduría. Papá le pagaba la universidad. Así que cuando yo llegaba del colegio, me quedaba con mamá para cuidarla. Nos tocó aprender a manejarla en silla de ruedas, a bañarla, a cambiarle el pañal, nos convertimos en unas enfermeras sin quererlo. Yo quería a mi madre, pero evitaba verla tanto como podía.


Cuando me gradúe del colegio, no sabía que quería hacer con mi vida. Nada me llamaba la atención, solo quería andar de fiesta y con mis amigos. Había terminado con Andrés y no quería nada serio con ningún tipo. Coqueteaba con muchos y los usaba para divertirme.


Una vez que estaba con unas amigas en Cosmocentro, viendo vitrinas, un tipo se me acercó a decirme que tenía pinta de modelo. Él tenía una agencia y me dio su tarjeta para que fuera el lunes a hacer una prueba de fotografía.


La idea no me pareció descabellada, por lo tanto, me aparecí por la agencia el martes. El registro ante cámara resultó un éxito y me pareció divertido. Pronto convencí a papá de pagarme un curso de modelaje en aquella agencia. Podía asistir al gimnasio, me dieron orientación para que me alimentara mejor y podía asistir a algunos eventos sociales de la agencia.  Me encantaba estar en la agencia, hice nuevos amigos y estos andaban con gente de mucho dinero. En la agencia era común ver camionetas de vidrios negros y hombres con guardaespaldas.


Al principio no pensé mucho en el asunto, luego me di dando cuenta del negocio al que se dedicaba esta gente, incluido el dueño de la agencia. En alguna oportunidad escuché una conversación entre otras modelos, en la cual mencionaban un viaje a España, patrocinado por la agencia, supe de inmediato que aquel viaje no era gratis. La chica que viajaría debía llevar un paquete en la maleta. Debí salir corriendo de ese mundo, pero que inconsciente es uno a los dieciocho años.


La salud de mamá siguió empeorando y se había convertido en una carga demasiado pesada para nosotras. Elsa no lo expresaba, yo lo veía en sus ojos cansados, en su pesadumbre constante, en su lucha por levantarse en las mañanas. Se había convertido en una estudiante mediocre, ya no iba a misa los domingos y cada que yo estaba en la casa, ella aprovechaba para dormir.


Su vida y la mía eran polos opuestos, nuestros caminos se bifurcaron y parecía que no había punto de encuentro. Las hermanas Gutiérrez ya no eran inseparables.


El 23 de diciembre de 1988 a las dos de la tarde mi madre murió de un ataque al corazón en su cama. Elsa estaba con ella, le cerró los ojos y le cruzó las manos sobre el vientre. Cuando yo llegué, abracé a Elsa con todas las fuerzas de las que fui capaz. Ella lanzó un suspiro y yo le sonreí.


Papá, por supuesto no asistió al velorio ni al funeral. Solo estábamos Elsa y yo recibiendo las condolencias de unos pocos vecinos y algunos amigos. Únicamente hubo una corona de flores, enviada por la agencia de modelos.


Al llegar a casa, Elsa se acostó a dormir y yo me puse a ver televisión. Al día siguiente Elsa no hizo desayuno, no se bañó e hizo locha todo el día. Yo la seguí. Por primera vez en mucho tiempo pudimos conversar de todo y de todos.


En la noche, un amigo de la agencia, que no sabía que mi madre había muerto, me invitó a una fiesta en ciudad jardín. Le dije que NO de una, sin embargo, algo me impulso a cambiar de opinión y terminé aceptando. Le pedí a Elsa de que me acompañara, ella no quería ir, por lo del luto. Entonces dije que nosotras nos merecíamos celebrar nuestra libertad. Al final la convencí.


Mi amigo nos recogió y llegamos al sitio de la fiesta a eso de las diez de la noche. Era una casona hermosa de dos pisos, con piscina y cancha de fútbol. Nunca había estado en un sitio tan lujoso. Tampoco había estado en una fiesta donde repartían cocaína en bandejas como si fueran pasabocas. El trago también estaba a la orden del día. Había muchos borrachos y enajenados con armas. Esa fiesta era un volcán a punto de estallar.


Mi amigo me llevó a una alcoba en el segundo piso, a mí el tipo me gustaba, por lo que acepté. Elsa se quedó por ahí dando vueltas, desde que llegamos se quería ir.


Yo tenía la falda levantada y mi amigo me tenía la mano metida en las pantaletas cuando oímos unos gritos en la habitación contigua. Al principio no preste atención, sin embargo, creí escuchar la voz de Elsa. Me dirigí a aquella habitación, toque la puerta y oí un grito de Elsa. Seguí tocando pero no abrían. Elsa gritaba cada vez más, luego ya no se volvió a oír nada. Mi amigo me agarró por el brazo.


—Vámonos Lucía, es mejor no hacer enojar a estos tipos —me dijo mi amigo.


—Yo no me voy sin mi hermana. Ayúdame —respondí gritando.


De pronto la puerta se abrió, un tipo salió subiéndose el cierre del pantalón. Entré como una tromba y la vi tirada en la cama, golpeada, con el vestido levantado y los calzones rotos. Empecé a gritar como loca y por ayuda e insultaba a ese desgraciado, que ya estaba en el primer piso. Mi amigo me insistía en que me callara, que nos lleváramos a Elsa así. Continúe gritando, pero nadie venía. Elsa estaba inmóvil, ya no respiraba.


El dueño de la fiesta apareció con dos guardaespaldas y entonces se desató mi infierno. 


De aquella fiesta ninguna de las hermanas Gutiérrez salió con vida, fueron encontradas en un cañaduzal, ambas eran modelos prepago y amigas de narcotraficantes. Eso era lo que decían los medios de comunicación. Lo que no decían era que a Elsa la violaron y la asfixiaron y a mí me dieron un tiro de gracia. 



- FIN -