Las Hermanas Gutiérrez - Chaperona

1.er Trilogía de Relatos

Por Mildred Niño





PARTE 2

Chaperona




Habían pasado dos años desde que papá nos abandonó por irse con otra mujer, mamá ahora pesaba noventa kilogramos y le habían diagnosticado diabetes. Creímos que con la medicina que le recetaron sería suficiente, lejos estábamos de imaginar que mama requería un cambio de hábitos alimenticios y dejara su vida sedentaria. En el fondo, pienso que no me importó, no le presté suficiente atención a mamá, a su depresión disimulada y encubierta por la repostería. A Elsa le debió de pasar lo mismo, nunca lo hablamos, pero era una verdad tácita entre nosotras, demasiado grande para ocultarla.


Mamá ya no se ocupaba de nosotras, ahora siempre andaba con dolor de cabeza, mareos, permanecía acostada. Y el tiempo que permanecía activa lo dedicaba a cocinar, cosas deliciosas pero mortales para ella. Nosotras no pudimos lograr que entrara en razón, siempre terminábamos disgustadas con ella. Al poco tiempo, ya no le decíamos nada, la dejamos sola.


A los trece años me vino la menstruación y fue Elsa quién me explicó todo lo relacionado con eso, o al menos lo que ella sabía. Mi hermana mayor pasó a sustituir a mis padres, se encargaba de lavar la ropa y plancharla, me ayudaba con las tareas, se aseguraba de que comiera algo más que pan con gaseosa (era lo único que había en la despensa últimamente). Cuando nos íbamos para el colegio mamá estaba durmiendo y al llegar era igual. A las seis de la tarde se paraba de la cama, iba a la cocina, tomaba gaseosa y alguna chuchería que encontraba. Nos saludaba con un beso en la frente, sin decir una palabra. No preguntaba cómo nos había ido en el colegio, sí teníamos tareas, sí nos dolía algo. Nada. Yo a veces iba a su habitación y le contaba mi día. Ella sonreía y cuando yo terminaba de hablar, me decía: “Lucía, mija voy a descansar” y se recostaba en la cama mirando la pared.


Había veces que ponía la radio a todo volumen y empezaba a bailar en la sala con la escoba, solo quería que mamá tuviera algún tipo de reacción. Al cabo de veinte minutos de estruendo, mamá salía de la habitación, apagaba el radio y me miraba como si fuera a ahorcarme. Una vez hizo lo mismo, pero en cuanto volvió al cuarto yo volví a encender la radio. Entonces, ella volvió y tiró la radio al piso. Sin decir una palabra. Yo no la aguantaba más y le grité: “vieja loca”. Ni siquiera me miró.


Elsa le tenía más paciencia a mamá, le hacía caldos, se los llevaba a la cama y se los daba despacio, con todo el amor del mundo. Le leía la biblia antes de acostarse y le dejaba hecho el desayuno en las mañanas. Recibía el mismo cariño que yo: una media sonrisa y una caricia de vez en cuando.


Mamá no tenía familia, sus padres estaban muertos y había sido hija única. Así, que no teníamos a quién recurrir. Tratamos de hablar con papá, pero hizo oídos sordos a nuestras quejas. Dijo que era cuestión de tiempo, que ya mejoraría.


Cuando cumplí quince años nadie me organizó una fiesta, solo Elsa se preocupó por comprarme una torta e invitar a unos compañeros de clase. Estábamos en la sala oyendo música y bailando. Aproveche para invitar a Andrés, era un chico del colegio que estaba en último año y me encantaba. En la reunión improvisada, me di cuenta que yo también le gustaba y en el sillón de la sala me besó. No era mi primer beso, pero sí fue el mejor que me habían dado hasta el momento. Andrés tenía su lengua dentro de mi boca, cuando mi papá llegó de sorpresa, pero la sorpresa se la llevó él. Mis amigos fumaban y bebían aguardiente, ron con Coca-Cola y hasta habían llevado tequila. Mi papá los echo a todos sin contemplación. No valieron mis súplicas ni las de Elsa.


Papá estaba hecho una furia, y entró a la habitación de mi mamá tirando la puerta y maldiciendo. Entonces la vio allí, echa una bola de grasa, sin maquillaje, demacrada, con ojeras que le llegaban hasta el piso, enpijamada y despeinada. Nosotras ya nos habíamos acostumbrado a verla de esta manera. No obstante, él no. Era la primera vez que la veía desde que se fue. Quedó impactado, no sabía qué decir ni cómo actuar. Toda la furia que llevaba, fue reemplazada por incredulidad y lástima.


Sin entender cómo la mujer que él había amado alguna vez se había convertido en aquello, empezó a darle un sermón sobre la responsabilidad de ser madre, de la importancia de su presencia en nuestras vidas, le relato todo lo que había observado en la sala, concluyendo que ese tipo de comportamientos eran inaceptables en una casa decente y que ella debía poner orden en nuestras vidas. Elsa y yo lo escuchamos todo desde nuestra habitación. Papá me dejo su regalo de cumpleaños y se marchó.


Él tampoco nos preguntó cómo estábamos, qué había pasado con nuestras vidas este tiempo sin vernos. Solo se interesó por el decoro y las buenas maneras, que según él, se habían perdido en nuestra casa.


Lo odié como nunca, él era el responsable de todo lo que nos estaba pasando y aún tenía el cinismo de reclamarle a mi madre, de echarle la culpa a ella de nuestros malos pasos. Le perdí el poco respeto que le tenía y mi amor por él se marchitó. Tiré el regalo que me había dejado sin siquiera abrirlo.


Me hice novia de Andrés, entonces salíamos bastante, íbamos a fiestas, al cine, de paseo al río Pance, en fin, no nos perdíamos ni la corrida de un catre. Mamá siempre me dejaba salir siempre y cuando fuera con Elsa. Entonces me tocaba llevarla a todas partes. A ella no le gustaba, pero lo hacía por mí. El papel de chaperona le iba bien.


A los pocos meses, la salud de mamá se complicó aún más. Le dio pie diabético y tuvieron que amputarle las piernas. Cuando piensas que nada puede ser peor, prepárate porque sí puede ser peor.



Continuará...






La lectura es un espacio que nos damos para que nuestro cerebro se estimule. No necesitas leer un libro de 300 páginas, ¡No!, por lo menos, no al principio. Si no eres un lector recurrente, inicia con pequeñas lecturas. Mi proyecto en El Blog de Mildred, se orienta a lecturas o historias cortas que te atraparan, y si te enganchas leyendo mis relatos, acabaras por leer libros enteros, y no solo leerlos, sino a disfrutarlos.