Una Navidad Disruptiva




Una gota de chocolate escapó de la boca del señor Claus y se deslizaba por su barba, cual esquiador por una montaña tapizada de fina nieve. Cayó en el abrigo rojo. El hombre bajó la cabeza para observar su traje arruinado, no le importó. Se limpió la boca con un movimiento brusco de su mano.


La señora Claus entró al comedor, cabizbaja se arreglaba el delantal. Se ajustó las gafas.


—El buzón está vacío, no ha llegado ninguna carta desde esta mañana que lo revisé.


—¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Por qué ningún niño me ha escrito? —dijo el señor Claus, al mismo tiempo que tamborileaba sus dedos sobre la mesa.


—Apenas estamos iniciando diciembre, no te desesperes, aún hay tiempo.


—No estoy seguro, los años anteriores a esta fecha ya habíamos recibido miles de cartas —el hombre de rojo remató la oración con un profundo suspiro.


Snowball Alabastro, elfo encargado de administrar la lista de las cartas de los niños, entró a toda carrera a la casa, casi llevándose por delante a la señora Claus.


—Ten cuidado, pequeño orejón, por poco me haces caer —dijo la señora Claus, con su dedo índice levantado —¿Por qué vienes tan agitado?


El elfo trató de controlar su respiración, agachado con las manos en las rodillas, trato de responder.


—Lo que pasa es que como no tenía nada que hacer, ya ven que no ha llegado ninguna carta, decidí ir al pueblo de aquellos.


El señor Claus y su esposa se miraron el uno al otro.


—Continua, Snowball —dijo la señora Claus.


—Un momento, estoy tratando de recuperar el aliento —el elfo se dirigió a la cocina, agarró un vaso y se sirvió un poco de agua.


—Nos vas a matar de la impaciencia —dijo el señor Claus.


—Merodeando por aquí y por allá, pude escuchar varias conversaciones. Parece que los niños de ahora están pidiendo cosas que nosotros no podemos hacer. Ya no piden los juguetes de siempre.


—No entiendo. Entonces, ¿qué es lo que están pidiendo? —dijo el señor Claus.


—Esas cosas tecnológicas, de las que ni usted ni yo entendemos —respondió Snowball.


—Podrías ser más específico —dijo el hombre de rojo, poniéndose en pie.


—Celulares, video juegos, tabletas, relojes inteligentes, robots, auriculares, parlantes y demás —explicó el elfo.


El señor Claus, que había caminado hacia una ventana mientras Snowball hablaba, se volvió a sentar. Miró a la señora Claus, cuya expresión era de desconcierto.


—Pues estamos jodi…


—Cuidado con decir palabrotas, Nicolás —interrumpió la señora Claus a su marido.


—Es la verdad. Ninguno de nosotros tiene los conocimientos para hacer esos dispositivos—dijo el señor Claus.


—Sugiero convocar al concejo de elfos—dijo Snowball.


—Es una buena idea —comentó la señora Claus.


Horas más tarde, en la sala principal del concejo, cerca de veinte elfos se encontraban sentados alrededor de una mesa, presidida por Nicolás Claus.


Snowball resumió la situación ante la cual se enfrentaban y solicitó una lluvia de ideas para encontrar una solución. El negocio de la navidad se estaba yendo a la bancarrota.


Podríamos capacitarnos. Toma demasiado tiempo. Podríamos comprarle a los chinos. O quizás contratar una maquila. Secuestremos a los ingenieros de esa compañía cuyo logo es una fruta. ¿Qué tiene que ver una fruta con un aparato tecnológico? Necesitamos un publicista. Compremos esos teléfonos inteligentes para nosotros. Hagamos un presupuesto, esos profesionales cobran mucho. Solo quedan dos semanas para la navidad. Necesitamos una idea disruptiva. Llamemos para que nos traigan unos snacks.


El señor Claus escuchó atentamente, no tomó notas y aunque acentúo la cabeza cada dos o tres ideas, parecía absorto en sus pensamientos.