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La señora Torres




La señora Torres corrió el cerrojo de la puerta, la abrió con sigilo y descubrió a un mocoso, lleno de barro, hablaba tan rápido que lo único que le entendió fue: jugando, tiro libre. Sí, era yo, en ese entonces tendría ocho o nueve años, no lo recuerdo bien. Fui a reclamar mi pelota de fútbol, que había caído en su jardín minutos antes. No puedo dejarte entrar, si lo hago podrías descubrir el secreto que guardan mis flores, había respondido la señora Torres.


Entré en la casa, parecía suspendida en el tiempo, era como estar en el siglo XIX; eso sí, todo estaba limpio y ordenado, olía a una mezcla de pino y algún cítrico.


—¿Bueno y cuál es el secreto de sus flores? —dije sin rodeos.

—Si te lo digo, no podrás salir de esta casa nunca más.


Mi cuerpo se empezó a mover de un lado a otro, como si fuera un péndulo. Miré a todos lados, esperando ver algún monstruo salir de un closet, o quizás algo peor.


—Yo solo quiero mi pelota, me la puede dar por favor —dije.

—Sí claro, la pelota. Acompáñame.


Al llegar al jardín, lucía diferente a como yo lo veía desde casa. Parecía más amplio, el césped era más verde que todos los que había visto en mi vida y reflectaba la luz del sol, podría llegar a decir que parecía hecho de minúsculas esmeraldas. Las flores aparentaban ser más gruesas de lo normal y el polen en ellas también brillaba.


Seguro era el sol que me estaba dando de lleno en los ojos, creando una especie de ilusión óptica. A punto estuve de salir corriendo, cuando vi la pelota. Me apresuré a recogerla, pero no lograba alcanzarla, era como si estuviera moviéndose por sí sola.


—No me has dicho tu nombre —dijo la señora Torres.

—Tomás.

—Encantada, Tomás. Ven a tomar leche con galletas, mientras se deciden a entregarte el balón.

—¿Quiénes? —respondí confundido.

—No importa. Vamos.


Al despedirme de mi vecina, me entregó la pelota y me dijo que volviera cuando quisiera. Vivía sola y no tenía familia.


La noche de Halloween me presenté en la puerta de la señora Torres, esperando obtener algunas de sus galletas, eran las mejores que había probado. Timbré una, dos y tres veces. Me iba a ir cuando la puerta se abrió. Mi vecina no se avistaba por ninguna parte. Algo me decía que no entrara, mi curiosidad pudo más.


Atravesé la sala, llamando a la señora Torres. Ninguna respuesta. En la cocina se veía una luz encendida, me dirigí hacia allá a paso lento, no había nadie. Escuché unas risas que provenían del jardín, me quedé quieto, las volví a oír.


Me encaminé hacia el jardín, de pronto me vi envuelto por una niebla densa. No podía ver nítidamente, entonces sentí que algo rozó mi pierna. Traté de caminar y tropecé, caí en el césped.

Desde donde estaba las flores se veían tan altas como palmeras, una libélula del tamaño de una garza sobrevoló sobre mí y alcancé a divisar en una esquina dos hombrecillos que cargaban mi pelota de fútbol.


Me levanté raudo, restregué mis ojos. La niebla había desaparecido, las flores tenían su tamaño normal y los hombrecillos habían desaparecido. Por el contrario, la pelota sí estaba en el lugar donde la había visto. Sin embargo, no recordaba haberla lanzado de nuevo hacia esta casa. La agarré y salí casi corriendo.


Al pasar por el comedor vi las galletas, estaban encima de una mesa ovalada cubierta con un delicado mantel. Alargué el brazo para asir una. Me detuvo un golpe seco en la canilla. Bajé la mirada, no había nada. Al tratar de agarrarlas noté que estaban más lejos, solté el balón. De pronto, me pareció que las galletas estaban muy cerca. Miré para todos lados, quería confirmar que estaba solo.


Mientras llenaba los bolsillos del pantalón con esas delicias, oí cómo la pelota rodaba de forma lenta y de pronto se detuvo. La busqué sin resultado. Se me estaba haciendo tarde para ir a pedir los dulces, así que me olvidé de ella.


Al levantarme al día siguiente, continuaba en la casa de la señora Torres. El timbre sonó, bajé desde el segundo piso, no había rastro de la mujer. Abrí la puerta, era un niño de ocho años, untado de barro, preguntando por su pelota de fútbol.





La señora torres | El Blog de Mildred



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