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Mildred Niño

Peripecias de un Escritor



Mi nombre es Fabián, soy escritor de novelas románticas, escribir mi último libro fue toda una peripecia. Por dónde empezar a contarles, me imagino que por el principio.


Vivo en París, la ciudad del amor, o eso dicen, en realidad no me lo ha parecido, yo no he tenido mucha suerte en el amor. Soy un hombre maduro, inteligente, no muy feo y tengo cierto poder adquisitivo, que me ha dado la venta de mis novelas. No soy rico, ni muy famoso, pero tengo mis fieles lectores. En fin, soy soltero, con ganas de encontrar el amor de mi vida, siempre he sido un romántico empedernido, quizás por eso me dedicó a este género.


Me encontraba sentado frente al ordenador para empezar a escribir mi nueva novela, tenía la idea de hacerla sobre una soldado norteamericana que se enamoraba de su superior, pero era sólo una idea vaga, aún me faltaba definir los obstáculos que debería enfrentar nuestra heroína para poder llevar a cabo su amor. Una hora después la hoja seguía en blanco, había hecho unos borradores a mano, pero aun no me atrevía a digitar palabras. Me paré de la silla y salí al balcón, de pronto una rubia muy sexi estaba parada en el balcón contiguo, no lo entiendo, de dónde salió esta mujer, si mi vecina tiene 85 años.


—Hola, me llamo Celine, soy sobrina de tu vecina, vine de Bélgica a cuidarla porque está muy delicada de salud—dijo la rubia.


—Oh, no lo sabía, lo siento. Si puedo colaborarles en algo, con mucho gusto—dije un poco nervioso.


El intercambio de esas pocas frases bastó para encender la llama de la pasión entre los dos, ella era muy ardiente, me visitaba en las tardes mientras su tía dormía la siesta, sólo teníamos sexo, no hablábamos mucho y si lo hacíamos era de temas triviales como el clima o las citas médicas de su tía.


Llevaba un mes de mis citas vespertinas con Celine, mi libro no había avanzado mucho, en realidad casi nada, aun no me decidía por la protagonista y el tedio me consumía en las noches, por lo que decidí ir a un bar que solía frecuentar cercano a mi casa. Allí conocí a Galilea, era una francesa dedicada a la poesía y a los placeres de la vida, poseía un encanto natural y por esas cosas extrañas del destino gustó de mí. A la noche siguiente nos volvimos a encontrar en el bar, luego estuvimos en un recital de poesía, estuvimos de picnic en los campos elíseos, montamos en bicicleta rodeando el río Sena, nos unía el gusto por la literatura y podíamos pasar horas enteras hablando. Nunca íbamos a mi casa, pues no quería que se encontrará con Celine.


Una noche estaba en el bar con Galilea, cuando entraron varios soldados norteamericanos al bar, se sentaron en una mesa al frente de nosotros, entre ellos había una chica, era joven, con facciones asiáticas, de una belleza exótica, me miraba constantemente y yo a ella. En un momento dado la chica se dirigió al baño y por instinto yo hice lo mismo, por supuesto nos encontramos afuera de los servicios y ella ágilmente me pasó un papelito, decía «deshazte de la mujer y te garantizo que no te arrepentirás. Estoy en el hotel Les Jardins, habitación 202». No lo dude, esto no es algo normal que me pase a mí, nos encontramos en su cuarto, luego de tres polvos me enteré que se llamaba Melinda, era de Kansas, hacía un año empezó su carrera militar y estaba en París por un curso especial de entrenamiento que duraría dos meses. En el camino de regreso a casa pude pensar sobre Melinda y me pareció curioso que justamente conociera una linda militar estadounidense, como la protagonista que estaba pensando para mi libro.


Los días se me pasaban rápidamente entre Celine, Galilea y Melinda, no me creía que algo así me estuviera pasando, tenía que repartir mis horas muy bien para que no se encontraran las bellas damiselas y para que no sospecharan, no era que con alguna tuviera algo serio, pero no quería lastimarlas. Las pocas horas que tenía disponible eran para dormir y tratar de escribir un poco.


Una noche volvía con Galilea del bar y en la puerta del edificio estaba Melinda esperándome, palidecí, pero antes de que la americana me viera di media vuelta y le dije a Galilea que se me había quedado la billetera en el bar. Una vez allí, me dirigí al baño, le escribí a Melinda diciendo que estaba con unos amigos fuera de París y que llegaría al día siguiente, al salir le dije a mi poetisa que efectivamente como pensaba la billetera estaba en el baño y rogué para que nos quedáramos tomando una copa más.


Otro día estaba con Celine, retozando en la cama cuando sonó el timbre de la puerta, me vestí rápidamente, abrí la puerta y era Galilea. Madre mía, la salude en un tono bajo y le dije que me alegraba verla pero en ese momento estaba en el clímax de mi historia y no podía parar, que yo trabajaría un par de horas más y luego iría a su casa. Galilea insistió en quedarse y yo en que debía estar sólo para poder dejar fluir mi escritura. Funciono el argumento, Galilea se fue. Celine salió de la habitación desnuda preguntando quien era en la puerta y le dije que era una amiga que necesitaba que le ayudara a corregir una novela que había terminado, pero que yo le había dicho que en este momento estaba muy ocupado y que la vería luego.


Y así mis días se convirtieron en mentira tras mentira, en susto tras susto, esto no era vida.


Llegó el día de mi cumpleaños, iba a almorzar con Celine en mi apartamento, a cenar con Melinda y copas con Galilea, era lo planeado. Esa tarde estaba almorzando con Celine, ella había cocinado, íbamos a comer el postre, cuando sonó el timbre, Melinda entró como una tromba gritando —sorpresa—. No acababa de reponerme cuando Galilea también entró con una botella de champagne en la mano y me dio un beso en la boca, las tres mujeres se miraron la una a la otra y luego me miraron a mí. Todo quedó en silencio, por unos segundos todo ocurrió en cámara lenta, era como si yo estuviera en un partido de tenis, miraba a Melinda a mi derecha con la mano en su pistola, en el centro estaba Celine con un cuchillo en la mano y a mi izquierda estaba Galilea botella en mano, luego devolvía la mirada Galilea-Celine- Melinda y otra vez Melinda-Celine-Galilea.


De pronto la cámara lenta desapareció y todo volvió a la velocidad normal, las tres mujeres explotaron.


Tecleaba las letras del ordenador cada vez más rápido, por fin me había decidido por mi protagonista femenina, después de semanas con ires y venires entre tres posibles personajes para la nueva novela, encontré que definitivamente la soldado americana sería la más apropiada, pero no se iba a enamorar de su superior como lo había pensado al principio, se enamoraría de un escritor muy soñador.





Palabras: Peripecia - Libro

Quien Postulo: Fabián

País: Argentina





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